Solemos pensar que, las cenizas son el final de algo. Es el rastro frío de lo que una vez ardió con fuerza, la prueba de que algo fue, son los restos grises de una hoguera que alguna vez iluminó en la noche.
Sin embargo, las cenizas no son prueba de destrucción, sino el testimonio irrefutable de que allí hubo fuego, que algo ardió en algún momento.
El amor real es una llama viva, voraz y ruidosa... un fuego que reduce a la madera con prisa. Un fuego lleno de pasión y calor intenso.
Pero, lamentablemente ninguna hoguera puede arder con la misma fuerza salvaje para siempre; la materia cambia; el tiempo pasa y visualmente el fuego, tiende a apagarse... y es allí donde entran las cenizas.
Las cenizas protegen al calor mas puro... como al amor maduro; aquel menos ruidoso, pero mas profundo y verdadero, capaz de resguardar el afecto cuando las tormentas de la vida intentan enfriarlo. El amor que ha pasado por el fuego de las dificultades, los errores y el perdón, se convierte en un abono sobre el cual se construye una complicidad indestructible.
Por eso amar hasta las cenizas no es amar hasta el final, sino prometer que, aun cuando la forma física de las cosas cambie, la sustancia de lo que construimos por amor, seguirá existiendo
Al final las cenizas, no son el vacío. Son la prueba de que valió la pena arder; la memoria física de un calor que se niega a desaparecer y la promesa de que, donde hubo fuego, siempre quedará la capacidad de volver a encenderlo.

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