La intersección donde el afecto humano deja de ser algo terrenal y se convierte en algo supremamente sagrado... lo místico
Amar profundamente es un acto de valentía, donde uno como ser humano debe despojarse de todas sus armaduras y dejarse habitar por el ser que ama. Para entrar en lo místico del amor, uno debe abandonar su ego, sus ruidos y temores, sus miedos. Estar fuera de si mismo.
Y, entonces, ¿no es eso lo que sucede cuando amamos?
Cuando amamos, dejamos de ser el centro de nuestro propio universo; el rostro del ser amado se convierte en un universo infinito y el cariño diario en una forma de escritura sin palabras.
Amar entonces es, en esencia reconocer que existe un misterio en la otra persona que jamás podremos descifrar. Es reconocer que, aunque nuestros cuerpos estén en el mundo real, el sentimiento hacia el ser amado pertenece a eso que la ciencia no puede medir o palpar, pero que el alma reconoce como hogar. Como bien escribió el maestro Willie Colón, en su poética canción "¡Oh, qué será!... "no tiene tamaño y es naturaleza, anda en las bocas y las cabezas".
El amor es ese puente que une lo visible, con lo invisible; lo real con lo místico...
Perderse, para encontrarse... convirtiendo el roce de una mano en un eco de la eternidad.
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